Una mochila invisible es lo único que llevamos con nosotros para siempre y bajo cualquier circunstancia, lo último que nos queda al final del camino y que se despide del mundo junto a nuestro cuerpo efímero, el autentico resumen de nuestra trayectoria, el baúl de nuestros recuerdos, el secreto de nuestro corazón, el sello original de toda una vida.
Podemos mostrar y contar a la gente tantas historias como queramos, y las podemos adornar, exagerar o disfrazar a nuestro antojo, pero la única y auténtica verdad sólo se encuentra en el interior de la mochila. Somos los únicos responsables de llenar la nuestra con lo que creamos oportuno, lo que nos permitan o lo que realmente deseemos.
Podemos seguir para adelante con los ojos entrecerrados y sin mirar demasiado a nuestro alrededor, protegiéndonos de los demás y escondiendo nuestros errores, miedos y preocupaciones para guarir nuestra imagen y reputación; salvándola de cualquier malvado de nuestra especie que quiera arrebatarnos todo lo conseguido hasta ahora.
O podemos simplemente lanzarnos hacía lo desconocido, en busca de respuestas a las mil preguntas que acosan nuestros pensares, nublando la claridad que hace años que perdimos. Podemos asumir riesgos, con incertidumbres, y afrontar temores, lejos de las comodidades y llanezas que siempre velaban por nosotros y que ahora no están a nuestro lado, pero si, en nuestro conocimiento, en nuestra historia… en nuestra mochila.
Alzar la vista y observar las infinitas oportunidades que hay avanzando en el aire, dispuestas a pertenecernos si logramos descifrar sus signos, pero que para nada lo van a poner fácil, porqué lo fácil ya lo teníamos cuando vivíamos con los ojos vendados, cuando la vida era triste y consoladamente fácil y amena.
Una vez hemos decidido lanzarnos, vienen tiempos de esfuerzo llenos de gozo y decepción, de correr y caernos, de nadar y hundirnos, y al fin, si conseguimos llegar al final sin lastimarnos ni rendirnos de nuevo a la facilidad de la monotonía generosa para los estímulos, pero infernal para el espíritu, una de esas oportunidades lejanas que vislumbrábamos vagamente al inicio será nuestra, lograremos alcanzarla.
O por lo menos, de no ser así, siempre nos quedará el buen recuerdo del camino recorrido, la dulce conciencia de haber luchado por nuestros sueños mientras la corriente pretendía ser más fuerte que nuestra voluntad.
Lo que verdaderamente tiene valor en la vida, lo que realmente “nos hace” a nosotros es esta mochila impalpable a los ojos humanos, que sin darnos cuenta vamos llenando de experiencias, buenas y malas, pero todas decisivas e inolvidables.
Nuestra pequeña gran propiedad privada, en la cual solo nosotros mismos tenemos exceso.
El secreto mejor recóndito que ni queriendo sabríamos desvelarlo tal cual sucedió…
Podemos mostrar y contar a la gente tantas historias como queramos, y las podemos adornar, exagerar o disfrazar a nuestro antojo, pero la única y auténtica verdad sólo se encuentra en el interior de la mochila. Somos los únicos responsables de llenar la nuestra con lo que creamos oportuno, lo que nos permitan o lo que realmente deseemos.
Podemos seguir para adelante con los ojos entrecerrados y sin mirar demasiado a nuestro alrededor, protegiéndonos de los demás y escondiendo nuestros errores, miedos y preocupaciones para guarir nuestra imagen y reputación; salvándola de cualquier malvado de nuestra especie que quiera arrebatarnos todo lo conseguido hasta ahora.
O podemos simplemente lanzarnos hacía lo desconocido, en busca de respuestas a las mil preguntas que acosan nuestros pensares, nublando la claridad que hace años que perdimos. Podemos asumir riesgos, con incertidumbres, y afrontar temores, lejos de las comodidades y llanezas que siempre velaban por nosotros y que ahora no están a nuestro lado, pero si, en nuestro conocimiento, en nuestra historia… en nuestra mochila.
Alzar la vista y observar las infinitas oportunidades que hay avanzando en el aire, dispuestas a pertenecernos si logramos descifrar sus signos, pero que para nada lo van a poner fácil, porqué lo fácil ya lo teníamos cuando vivíamos con los ojos vendados, cuando la vida era triste y consoladamente fácil y amena.
Una vez hemos decidido lanzarnos, vienen tiempos de esfuerzo llenos de gozo y decepción, de correr y caernos, de nadar y hundirnos, y al fin, si conseguimos llegar al final sin lastimarnos ni rendirnos de nuevo a la facilidad de la monotonía generosa para los estímulos, pero infernal para el espíritu, una de esas oportunidades lejanas que vislumbrábamos vagamente al inicio será nuestra, lograremos alcanzarla.
O por lo menos, de no ser así, siempre nos quedará el buen recuerdo del camino recorrido, la dulce conciencia de haber luchado por nuestros sueños mientras la corriente pretendía ser más fuerte que nuestra voluntad.
Lo que verdaderamente tiene valor en la vida, lo que realmente “nos hace” a nosotros es esta mochila impalpable a los ojos humanos, que sin darnos cuenta vamos llenando de experiencias, buenas y malas, pero todas decisivas e inolvidables.
Nuestra pequeña gran propiedad privada, en la cual solo nosotros mismos tenemos exceso.
El secreto mejor recóndito que ni queriendo sabríamos desvelarlo tal cual sucedió…

